jueves, 2 de agosto de 2012

BODRIO Actualizado 16ª





BODRIO I 

Y habiendo desaparecido el dinero y los bienes muebles de algún valor junto con sus amos en lujosos refugios de emplazamiento inaccesible y lejano, no tardaron en agotarse la energía, el alimento, el agua y los buenos modales de vecino. Las ciudades fueron si mayores, más inhabitables; el campo se depauperó. Hubo muchos particulares cruentos éxodos. El mundo nunca conoció tantos refugiados por culpa de la codicia de tan pocos. La interesada y peligrosa ficción de la guerra nuclear se abandonó, como se abandonó el mantenimiento de las ojivas y las instalaciones militares. Las instituciones civiles colapsaron. Sustituyeron a la información el rumor y la iglesia presiente y la charlatanería de ignorantes gentes. Y así. Fuera careta.
El indio lo había visto casi todo, y casi nunca hablaba. Se conformaba con alimentar el fuego y contemplar las llamas desde el rincón donde solía arrebujarse. De día practicaba el tiro con arco, ensayaba la danza de la lluvia, seguía rastros de preferencia por la sombra y eludía el trabajo duro con éxito considerable. Era mitad cherokee, mitad watussi, pero esta porción afro no se había encarnado. Su aspecto era imponente: dos metros de indio grande como un armario, de lacia cabellera, la nariz muy ganchuda, el rostro cobrizo y lampiño, la voz desde lo alto y la mirada ingenua. Pero la noche que se ponía chamán, haciéndose llamar Indiógenes por otros desventurados compañeros de viaje, esa noche las historias que representaba ante los ojos desnudos de quienes compartían patio, soto o despoblado con él tenían visos de no acabar nunca, pues soltaba la lengua, daba en dramatizar y no tenía prisa por decir la última palabra; es lo que tienen el haloperidol y el manicomio, años después perduran sus estragos.
Otra valiosa habilidad atesoraba El Indio, quien leyó en los días previos al hundimiento como en un libro abierto la magnitud del cataclismo y estableció los momentos y lugares para irse reuniendo con los otros cuatro. Sí: El Indio era por entonces telépata y vidente.


II

Telépata de cuentos que explicaba a cuantos se acercaban a escucharle, “que eran pocos “
Algunos ancianos de la tribu, que sabiendo lo que ocurriría en la región optaron por vivir entre los topos hasta que la oscuridad caló en sus ojos y tuvieron que subir a volver a cargar con luz solar las placas que gastaron en la sombra.

Se sentaban alrededor de Indiogenes y escuchaban su triste locución… Éste sabiéndose escuchado comenzaba sin pelos en la lengua a contar la historia interminable del mal que había terminado con la tierra.

Corría allá por el año MM y pico, estaba ya casi todo inventado. La tierra era una multipropiedad de una sociedad que gobernaba decretazo viene, decretazo va.
-Tenemos terminar con la manía de comer todos los días que tienen estas gentes, decía el iluminado de turno.
 -¿Cómo lo haremos señor? Preguntaban los acólitos sumisos.
 -Comenzaremos engañándolos con imágenes de platos suculentos, que se reflejarán en sus mesas cuando se sientan a comer… pero solo serán eso, imágenes. Nuestros generadores las mostrarán y cuando los comensales vallan a servirse se pincharan unos a otros con los tenedores y cuchillos intentando cortar su propia carne. La comida será un campo de exterminio entre manos amigas y enemigas y la paz será dejar la comida y de esa forma ahorraremos ya miles de kilos de comida que no tenemos de donde sacarla.

Silencio, un silencio profundo se estableció entre el chaman y sus oyentes; estos se habían quedado dormidos, sus cabezas inclinadas hacía el suelo servían para espantar a los mosquitos que se atrevían a pasear por ahí.

Salió despacio al exterior de la excelente mansión que habita, ese rincón donde se rebujaba a mirar el fuego: “Cincuenta habitaciones, treinta aseos, cinco cocinas, spas, Jacuzzi, solarium, piscina climatizada, sauna y cuatro mil metros cuadrados de jardines. Todo camuflado bajo una chabola”. Caminaba despacio por los jardines meditando su cambio de vida. Él era feliz en su tipi con sus búfalos, su arco, sus flechas y esa morenita que siempre le escribía mensajes por el Guhatsa App, ¿Qué había sucedido en la tierra para tanto cambio?

Bip bip bip bip, una visión llamaba a su gastado cerebro, como si de una película se tratase las imágenes se iban transformando y un escalofrío recorrió su espalda. De la profundidad de la tierra, veía como unas hormigas comían de algo que no lograba entrever claramente, pero que cuando estas se iban retirando del alimento comenzaban a crecer considerablemente. ¿Qué sería aquello que éste efecto las producía? No conseguía verlo, el esfuerzo le estaba haciendo perder la visión y esto sería una tragedia, pues no sabia cuando esta volvería a realizarse. Con una fuerza interna que le produjo desgarro fibrilar del esternocleidomastoideo derecho logró girar el cuello hasta poder ver la imagen… ¡Era una ojiva nuclear! “de las que se enterraron cuando se acabó la ficción de la guerra nuclear” Estaban comiendo algo que salía de ella y que las hacía crecer ¡Oh! estaban mutando, al comer de la ojiva sus cuerpos se transformaban y crecían rápidamente.

Despertó en el suelo, ¿Qué me ha pasado? ¿Cuánto tiempo llevo sin conocimiento? Comenzó a recordar su visión, Levanto sus dos metros de persona, no sin gran esfuerzo y dolor por el golpe recibido contra el suelo al caer. Encaminose a la mansión para poner en orden los pensamiento y descifran en que parte del planeta estaba ocurriendo esto.

Entró llamando a los ancianos de la tribu -que seguían en su mundo de soñolencia- y sentándose entre ellos les explicó su última visión demostrándoles con sus múltiples lesiones lo intensa que había sido. El cuello se le torcía constantemente hacía la izquierda a causa del desgarro sufrido por el esfuerzo de intentar ver mejor lo que comían las hormigas. La nariz que antes era aguileña se le había quedado roma por el golpe recibido contra el suelo al caer desmayado.

Bueno, ahora tenemos que intentar localizar a los otro cuatro, es el momento de salir en su busca ya que nosotros, no seremos capaces de defendernos solos, de esta nueva generación de mutantes que se nos avecina. Tú Hercumenes, que eres el más viejo, irás hacía el norte, Pantofanes, tú que le sigues al sur, Soloclates, tú al este y tu Davicio, al Oeste. En la entrada encontrareis los Roll  por si queréis ir más deprisa, pero no tienen gasolina tendréis que usar los pedales. Vosotros dos Viriuras y Nereido, por ser más jóvenes, os quedareís aquí esperando la vuelta y vigilando las cámaras de toda tierra. ¡Ah! y que no se os pase de mirar ni un metro. Yo mientras me retiro a descansar, que tener visiones es muy cansado.

BODRIO (3ª entrega)
De todas las embajadas dispuestas por Indiógenes, la de Soloclates, fue la más rápida en cumplir sus objetivos. Soloclates enfiló hacia el este en el Rolls a pedales que entre ellos conocían como “La Carroza”, por asemejarse más a una carroza de carnavales que a otra cosa: parecía haber sido decorado por la mujer ciega y demenciada de un camionero hortera para salir en procesión el día de San Cristóbal. Alegres molinillos de viento de todos los colores sembraban el techo y el capó; arreglos florales deconstruidos y lentejuelas al por mayor cubrían prácticamente las ventanillas y el parabrisas; la tapicería, de un porespán rojo sangre cubierto irregularmente por pieles de mofeta, hacía del interior del vehículo  una reconstrucción plausible del cuarto secreto de un psicópata desalmado. Sus compañeros emisarios se le habían adelantado en la elección de coche, y le tocaba —otra vez— bailar con la más fea. No le importó. Incluso se reconoció que el reparto era justo. Soloclates era lento pero seguro, y pensó que quizá Indiógenes lo había elegido a él para la misión en el este justamente por eso.
Por tanto, Soloclates tuvo que elegir desde su partida entre resultar indiscreto o viajar a pie. Nunca era tarde para dejar el Rolls tirado en cual-quier sitio, de modo que mientras hubo carretera siguió en la dirección indicada. El Rolls, y más con tanta ornamentación y tanto tuning, pesaba de lo lindo. Trató de infundirse ánimo en las subidas, sobre todo en los puertos de montaña, pensando que al volver de su embajada lo que ahora era subida sería entonces bajada, pero el truco no le funcionó: en las bajadas, la premonición de la futura subida —a la vuelta— le ponía el cuerpo del revés, y empezaba a flojear en la frenada, corriendo grave riesgo de despeñamiento u otro accidente. Varias veces estuvo a punto, los primeros días, de tirar por voluntad propia el Rolls por cualquier despeñadero. Pero era el caso que le estaba haciendo buen servicio: hacía unos 50 kms. diarios, las carreteras estaban en mejor estado del que habría esperado y no tuvo incidentes de ninguna clase, ni encuentro en el que prestar o demandar ayuda, ni episodio reseñable para bien o para mal del viaje.
Por la noche, como es natural, Soloclates dormía fuera del vehículo. Solía dejar éste camuflado de cualquier manera —no valía la pena intentar lo imposible— y alejarse lo más posible de él, llevando consigo las provisiones y lo puesto, categoría que incluía el paquetito que Indiógenes le había entregado antes de la partida, como a los otros tres. Las instrucciones a este respecto habían sido claras:
—Tomad cada uno la dirección asignada, y al cabo de 7 días haced las señales de humo en que habéis sido instruidos. Si aún tenéis el Rolls a mano, transmitid también según os tengo enseñado el tamtam convenido, usando la bocina. Acto seguido, abrid el paquete: contiene información más detallada de vuestros respectivos objetivos, y algunos objetos que podrían seros de utilidad o de valor —les había indicado Indiógenes antes de la partida.
—¿Y puede saberse por qué? —había inquirido Pantofanes, el más joven de la partida de emisarios, que aún estaba en la edad de los porqués.
—¿Por qué qué? —se apresuró a preguntar Davicio—. ¿Por qué tenemos que ir para aquí o para allá? ¿Por qué tenemos que hacer señales de humo al séptimo día, que se hizo para descansar? ¿O por qué tenemos que dejar aquí a nuestras mujeres e hijos para correr riesgos innecesarios por personas que no conocemos en lugares que seguro que están en el culo del mundo?
—A ti, Davicio, los hijos te importan menos que esto —amonestó el anciano Hercumenes, mostrando con la uña del pulgar la última falange de su dedo meñique—. Que te importe dejar aquí a las mujeres, en cambio, ya me lo creo más… Pero perdona, Indio, no es buen momento para rencillas ni lecciones, lo sé.
Como si nada lo hubiera perturbado o distraído desde la pregunta hecha, Indiógenes, tocándose la roma nariz a la que no acababa de acostumbrarse y con los cabellos negros al viento, contestó:
—¿Y por qué no? —a Pantofanes—. Andad, preparad vuestro viaje y decansad esta noche. Mañana dará comienzo la aventura.
Como Soloclates sabía ahora, los tres se le habían adelantado en elegir vehículo. Y se disponía a dormir, lejos del apestoso Rolls a pedales, haciendo balance semanal y pensando que lo primero que haría al despertar serían unas buenas señales de humo acompañadas de un tamtam con la bocina que dijese: ‘Todo de puta madre’.



IV ENTREGA


Pantógenes emprendió su viaje al Norte, al igual que el resto de sus compañeros nunca cuestionaba las ideas de Indiógenes. Le había tocado, a su manera de verlo, la región más bonita. El Norte era una vasta extensión de verdes llanuras, frondosos bosques y lagos de verdes aguas. En definitiva la zona con más vida, tanto animal como vegetal. Sólo por eso ya estaba feliz. Lo que él no sabía es que esta región además de su belleza era también de las más peligrosas. Pronto lo descubriría y eso cambiaría su vida para siempre, pero no nos adelantemos.

Como le gustaba madrugar, se levantó temprano, preparó el Rolls y comenzó a conducir, conducir, conducir...conducir, conducir... conducir. Ocho horas después, con todo el cuerpo dolorido por estar de la misma postura y los pies y piernas destrozados de tanto dar pedales, pensó que lo mejor era buscar un buen sitio para descansar, pues no le apetecía dormir a la intemperie con -22º en el exterior, los témpanos de hielo se iban clavando por la espalda cada vez que caían del techo al torcerse los pies con el pedaleo y volcar el vehículo.  ¡Oh!, una luz, espero sea un buen lugar.

Al llegar al lugar donde la luz estaba ubicada, descubrió con gran alegría que se trataba de un Gran Centro Comercial, podría comer algo y buscar un buen banco donde dormir calentito. Entró no sin antes haber dejado bien aparcado el Rolls en una zona para minusválidos, extrañándole en exceso la amplitud de la plaza. ¡Que da bute!, se dijo, ¡qué esplendidos son por estos lares!

Al entrar lo primero que impactó en sus ojos fue un gran cartel que decía –Grandes Rebajas en los almacenes de el  SELGNI ETROC- Donde ya es primavera. Sin pensarlo dos veces se sumergió en la vorágine del consumismo llevándose todo lo que a su paso encontraba, vaciando así su tarjeta de la residencia de la tercera edad que tenía para su futuro.

Una vez recobrado de su subidón, salió a dejar todo en el coche… Uffff ¡si yo lo había dejado aquí! se decía para si mismo escuchándose al mismo tiempo. Un burro que se encontraba en ese momento allí aparcado le comentó que se lo había llevado la grúa por estar mal aparcado.

Pues ahora que lo dices, ya estaba harto de ese trasto, te propongo un trato. Voy a descansar un rato, mientras te dejo aquí estas cositas que he comprado y cuando salga me acompañas en mi búsqueda, unos kilómetros me llevas tú a mí y otros yo a ti, a ver si soy capaz de culminar la misión que me ha encomendado Indiógenes. El burro tras una larga negociación sobre quedarse a cambio la mitad de la carga accedió.

El Centro comercial seguía en el mismo sitio, no lo habían movido. Entró buscando un rincón calentito y se tumbó a dormir, llevaba tantos días de viaje sin darse una buena ducha que no necesitaba colchón, estaba bastante cómodo encima de los okupas que se habían alojado en su cuerpo.

Después de unos minutos escuchando la megafonía como arrullo, se quedó profundamente dormido. No sabía cuánto tiempo llevaba en brazos de Morfeo cuando notó que algo húmedo mojaba su cara, llevó con desgana su mano hacia el sitio donde notaba la humedad y agarró algo que le parecía demasiado suave para ser la lengua de un perro. Abrió los ojos para ver qué tipo de animal era el que estaba alimentándose de sus inquilinos, descubriendo que no era un animal, que era la señora de la limpieza que estaba fregando el suelo. Se levantó sin mucha gana pero no podía permitir que la pobre señora dejara su trabajo a medias. Desperezándose salió a la calle donde le esperaba el burro ya casi congelado: Vamos chico nos ponemos en marcha, tú haces el primer tramo y yo sigo a continuación hasta llegar a ninguna parte que es donde no sé si voy.

Se alimentaban con los más estrafalarios engaños, llamaban a los osos polares y cuando estos acudían les quitaban los peces que habían pescado, encendían una cerilla y los asaban, dándose de ésta manera grandes festines. Pero el cansancio fue apoderándose de su cuerpo y pasándole factura. 


Decidió despedir al burro, mandar las señales de humo a Indiógenes y abrir el saquito que éste les había dado con las instrucciones. Cuando abrió el saquito encontró un silbato de emergencia para la señal acústica por si el claxon del rolls no funcionaba, se lo acercó a la boca y con gran esfuerzo lanzo los silbidos establecidos, después se dejó caer en el suelo a esperar su fin.
Cuando ya se hubo sentado con las piernas descansando sobre los hombros, vio que a corta distancia parecía vislumbrarse la torre de una iglesia. De un salto se desató las piernas de los hombros y salió corriendo hacia donde se percibía la torre. Al irse acercando comenzó a ver carteles que decían Monasterio “Prados Soleados”: “Habitaciones Libres. Bueno, Bonito, Barato”, no se lo pensó dos veces, ya tenía las 3 B que es lo que busca todo cliente en un producto o servicio.

Cuando cruzó la puerta del monasterio, un fraile se dirigió corriendo hacia él, para aparcarle el Rolls. Este sitio empezaba a gustarle pues ¡Tenían hasta aparcacoches! ¿Qué más lujos le aguardarían tras los muros de (en apariencia) este decrépito monasterio? En ello estaba pensando cuando el fraile regresó, para poner el cazo. Pantógenes rebuscó en sus bolsillos y le dio unas monedas al fraile, éste le miró como diciendo tacaño un par de veces hasta que Pantógenes le dio todo lo que llevaba, acto tras el cual el fraile se convirtió en su nuevo mejor amigo. Le cogió la maleta y le pidió que le siguiera para llevarle a recepción, cuando llegaron allí, el mismo fraile, dejó la maleta y dio la vuelta al mostrador para preguntarle, como si se acabasen de conocer:
                —¿En qué puedo ayudar al señor?
                —Quería una habitación —contestó Pantógenes.
                —Muy bien señor, pero antes debo advertirle que ninguno de nuestros huéspedes puede abandonar nunca nuestro monasterio una vez han cruzado nuestros muros.
                —¿Cómo es eso posible? Y si eso es así ¿Por qué no me lo ha dicho antes de que los cruzará? —preguntó Pantógenes claramente mosqueado.
                —No está en mi interferir en los designios del destino
                —¿Qué? ¿Qué? Aún no se lo creía.
                —Bueno, ¿Va a querer la habitación o no? No puedo perder todo el día, tengo que ir a dar clase de Pilates en 10 minutos.
                —Que remedio! —dijo Pantógenes, cogiendo la llave que el fraile le tendía. Ya encontraría una manera de salir después de que hubiera dormido un par de horas y se hubiese dado un baño caliente.

Como el fraile tenía clase de Pilates, tuvo que ir el solo a buscar su habitación, la número 13... ¿Cómo?, se dijo Pantógenes a sí mismo cuando miró el número, pues era un hombre muy supersticioso y el solo hecho de pensarlo hizo que se le pusieran los vellos como escarpias.        ¿Qué clase de monasterio-hotel era este? ¿Que no sabían que en los hoteles nunca había ni la planta ni la habitación número 13? Y ahora él tenía que pasar la noche ahí! Decidió no dejarse llevar por el pánico y abrir la puerta, despacito, como si al hacerlo así las fuerzas del mal que pudiesen habitar en ella no se enterasen de su presencia. Después de lo cual y un poco más reconfortado porque no había sucedido nada fuera de lo normal, encendió la luz.
—Guauuu!! —se le escapó, al ver la lujosa habitación que estaba antes sus ojos. Ni siquiera en sus mejores sueños se hubiera podido imaginar semejante lujo. Olvidándose por completo de Indiógenes, la misión, de sus supersticiones, de que estaba en la habitación número 13 y de todas las preocupaciones y responsabilidades que había en su vida, dio sus primeros pasos hacia el que iba a ser su nuevo hogar.



BODRIO (5ª entrega)
V

La elección de Davicio como uno de los mensajeros de la misión de Indiógenes fue causa de no pocas discusiones, hablillas y cambios en los hábitos de pareja o directamente de pareja en los alrededores. Sus detractores —sabrá Dios por qué, en su mayoría hombres— razonaban que en su mismo nombre venía ya dado el vicio, y que era un galán tornadizo, clavacuernos y poco trabajador. En su favor aducían las partidarias —y algún cornudo desinformado, más la familia no-política y otras buenas gentes— que podía ser poco trabajador, pero que también hay amos desagradecidos y tan tornadizos o más que él, y que otros por las noches no cumplían, por haberse pasado el día haciendo cumplidos, lo que Davicio en cambio daba con mucho gusto, y en eso también había algún arte; y que tirara la primera piedra el que no hubiera puesto los cuernos alguna vez.

Sea como fuere, esto dejó Davicio atrás con pena, pues estaba en edad de ir pensando en sentar la cabeza —no de sentarla—, y ahora que había logrado crearse una mala reputación envidiable, afianzado sus conquistas y establecido unos usos y costumbres amorosos aceptablemente aceptados en todo el condado, venía El Indio con su latosa salmodia a nombrarle embajador de Tomahawk —como se conocía oficiosamente al dominio territorial/samsárico de Indiógenes— en el Oeste, en cumplimiento de misión humanitaria hipersecreta. Su lealtad al Indio no era ciega, era, por así decirlo, una lealtad refunfuñona, una disposición remolona de la voluntad, y concernía a las formas y métodos, nunca a su fondo.

Había aprendido a respetar a Indiógenes desde pequeño, cuando se extrañaba de ver que la gente mayor lo ignoraba o se mofaba de él. Le había visto hacer cosas para las que sencillamente no encontraba explicación. Le había infundido la poca sabiduría de la que podía hacer uso mientras jugaba a la pelota con él, le había infundido visiones del transinfinito en sueños que había interceptado o almacenado mediante el atrapasueños, y jamás le había juzgado, jamás le había presentado un requerimiento de rendición de cuentas. De modo que no por haber protestado Davicio fue menos diligente en la ejecución de la embajada que Indiógenes les hubo encomendado, y la joya de la corona de los Rolls fue suya antes que de ningún otro. No en vano estaba acostumbrado al horario nocturno. El Rolls conocido como El Cohete estaba equipado con: alerón trasero de uralita verde a juego con la mayor parte de la carrocería, pedales forrados de espuma aislante, fotos de no corras papá, rosario de ventosa en coloreadas cuentas de madera enmohecida balanceándose de lado a lado del parabrisas interno, radio-casete integrado e inservible, aire acondicionado por el procedimiento de bajar las ventanillas, reposacabezas de skay del que sudas con sólo notar su presencia en el cogote y lo mejor de todo, un asiento de atrás amplio, confortable, abatible e ignífugo. Al modo de ver de Davicio, este último complemento lo compensaba todo. Hasta podría echarse un cigarrito después de un buen revolcón en un telecine del Oeste sin miedo a pegar fuego al coche.

Despertó temprano, e ilusionado por los pensamientos y sentimientos con que se acostó, sin despedirse de nadie, salió raudo con El Cohete hacia el Oeste, pedaleando sin desmayo.
¡El pobre! Si hubiera sabido cuánto le iba a durar el coche, lo habría dejado   —en acto de generosidad— en el garaje. Una pareja de la Guardia Civil lo paró nada más salir, más concretamente en la nacional seiscientos sesentaiséis, por exceso de velocidad y otros 10 cargos relativos al vehículo y su estado, más pólizas atrasadas de todas las clases. A él le dejaban libre, pero el Rolls se lo inmovilizaban en el acto. La multa ascendía a 10.000 rupias del ala. Podía redimirse con un tiempo de trabajos forzados.
—Menos mal que no me han encontrado el saquito de coca que llevo para otras ocasiones y funciones —pensó Davicio—. Si no, lo mismo me fusilan sumariamente en la cuneta. Libre, dice. No te jode. Libre y sin coche, en esta nacional de muerte, soy hombre muerto.
Así que:
—¿Trabajos forzados dice, capitán? —indagó.
—¿Está usted sordo o qué?—le gritó el subsargento.
—Con el mayor de los respetos, mi vicecomandante, sólo quisiera saber en qué consistirían.
—Galeras, señor conductor, galeras.
—¿Y no las habrá que zarpen hacia las Américas? —se le ocurrió preguntar.
 —Eso ya no estoy autorizado a informarle. Tendría que preguntar en Comandancia o en Instituciones Redentoras de Conductores, Ladrones y Vagos con Hábitos Delictivos, según señala en unos códigos el artículo 22 y en otros el 33 barra 1650 —se lució, en su terreno, el picoleto.
— Señor —intervino el macho alfa de la pareja—, lo más fácil es que se ponga usted en Finis Terrae y se incorpore allí mismo a la primera carabela o galera o galeón que salga hacia América. Traiga el carné, que le quite 3 puntos, y así lo detenemos por delito doloso contra la propiedad autoviaria del Extinto Estado Español, y lo conducimos en calidad de detenido a Finis Terrae. Vendrá en mi moto, monte a horcajadas, pero NADA de mariconadas, ¿entiende?
—NO, señor, no entiendo, no entiendo…
—Cago en dios, Martínez, no me ponga esa cara —añadió dirigiéndose al otro miembro de la pareja de hecho—. Nos vamos unos días de permiso a las Rías Baixas, que la carretera es para los jóvenes, carallo. Con este desgraciao, ya se verá qué hacemos. Ankawa.




BODRIO 6ª Entrega
 VI 

Hercúmenes había comenzado también su viaje, misión o como demonios se llamase el encargo que Indiógenes les había encomendado.

Caminaba hacia el único rolls que quedaba… Si es que a eso se le podía llamar rolls. Cuatro tablas sobre unas ruedas deshinchadas y unas cajas de plástico por asientos, por capota un parasol playero con un anuncio de una bebida gaseosa soda LA SALADA, con una leyenda que decía así: La más desbordante bebida salada para atravesar el desierto.

Comenzó a cargar sin prisa el carro, equipo de acampada suficiente para atravesar los miles de kilómetros que tenía por delante, tras la búsqueda de la imaginaria visión del loco del jefe. ¡Hormigas mutantes! menuda cabeza hueca… ¡yo les daba a esas hormigas mutantes! pero es quien paga los vicios y hay que obedecer.

El encendido del vehículo ya empezó con problemas, hubo que arrancarlo a pilas, ¡bueno, a pilas de hombres empujando claro! No era el mejor de los comienzos para un viaje que se preveía duro, el sur no es tierra donde se pudiese jugar a los imprevistos. Son tierras áridas con poca vegetación y la vida animal no es de la más recomendable como animales de compañía, alacranes, serpientes, leones y una larga letanía de fieras con las que es mejor guardar las distancias.

Dónde dirigirse se preguntaba mentalmente, decididamente iré hacía el este del sur, donde he escuchado habitaban unos pueblos en que las mujeres son muy bellas y tienen el color de whisky. Sólo escuchaba el run run del motor “de la imitación de coche” y sus propios pensamientos, la soledad era total, nadie se cruzaba en su camino, giró el botón de la radio para escuchar algo de música, pero se quedó con él en la mano. Ante tanto desatino mejor que cante yo, pensó entonando con buen desafino la canción del Bamboleo. Bamboleo, bambolea, gritaba más que cantaba, los pájaros que se cruzaban en su camino le aporreaban tirándole huevos y los leones le amenazaban con seguirle enseñándole las garras.

Se sentía cansado, había comenzado el viaje con la salida del sol y ya hacía horas que se había ocultado las luces del coche ya se habían apagado kilómetros atrás y a tientas tocando el suelo para ver por dónde circulaba era ya imposible… se le habían gastado las yemas de los dedos de llevarlas tocando el asfalto, ¡decididamente! necesitaba descansar y curar las heridas.

Paró el vehículo en medio de la nada, “nada por aquí, nada por allá” descargando su kit de acampada se preparó para pasar el resto de la noche y si era necesario el resto de la noche siguiente tumbado a la bartola, hasta poder recuperar el tacto y el aliento. Sacó del kit una cuentas botellas de alcohol, no miró de qué eran cuando las cargó, cualquier cosa que tuviera alcohol era buena para pasar los días venideros.

Despertó cuando ya había gastado su ración de sueño acumulado. No recordaba nada, el cansancio y el alcohol habían borrado momentáneamente los recuerdos de su viaje. ¿Dónde estoy? ¿Qué son esas caras que veo? Uff con lo bueno que está el vinillo voy a tener que dejarlo, creo que veo visiones, pues no creo estar viendo personas, hombres y mujeres.

Ahhh, el grito que emitió llenó el claro donde había pasado la noche. De un salto subió al Kilimanjaro seguido por la tribu que le había descubierto y que pensaban que era el enviado que tanto esperaban para sacarlos de la tristeza que el Chamán de turno les había lanzado para apoderarse de sus propiedades. -Unos taparrabos y unas cuantas cucharas de palo-.

Sin darle tiempo a reaccionar le cogieron en hombros llevándole en procesión bajo palio hasta la lejana ciudad de Soweto, siendo recibido como un Rajá por el presidente atontario del lugar con una magnifica cena en un lupanar de moda y las mejores mulatas en muchos kilómetros a la redonda. Después de ponerse morado de cortezas de cerdo y tinto peleón le llevaron de nuevo en volandas y bajo palio al Hotel La Caverna donde le asignaron la quinta planta para él solito, que nadie le molestara y pudiera dar rienda suelta a sus mayores sueños de perversión.

Mulatas en tanga de piel de tigre bailaban a su alrededor al ritmo del tamtam, que con gran maestría tocaba Hercúmenes, pues era su instrumento preferido - “Bueno el tamtam, y las maracas, por eso de las mulatas. ¡Qué noche la de aquél día! y ¡Qué día el de aquél día! se pegó el gran Hercúmenes, la viagra se acabó en todos los establecimientos de la ciudad: “es que a sus noventa años no se puede trabajar sin algo de ayuda externa.”

El descanso duró siete días con sus noches, no se levanto ni a hacer lo que todo cuerpo necesita necesariamente… —la entrada a esa planta se selló cuando él dejó el hotel y nunca más se ha vuelto a utilizar—. Salió temprano el séptimo día camuflado entre las sábanas para la lavandería, no pudo avisar con las señales de humo acordadas y tampoco con el sonido del claxon del vehículo; tenía que encontrar la forma de arreglar este olvido.
Salió de la ciudad arrastras pues a pesar del descanso, las piernas le temblaban todavía y no se tenía bien en pie, caminaba sin rumbo buscando un lugar donde poder abrir la bolsa que le diera Indiógenes e informarle de su llegada a las tierras bajas de sur.

En su arrastrado caminar por inhóspitos caminos no se dio cuenta que había entrado en una cueva, notaba que la luz iba extinguiéndose y echaba la culpa al cansancio. Será mejor que descanse un ratito, aquí mismo encenderé el fuego para la señal concertada, sacando del bolsillo un zippo de oro “reliquia de sus antepasados” comenzó a lanzar las señales de humo bailando la danza del fuego descalzo sobre el mismo, a continuación abrió la bolsita que le fue entregada para casos excepcionales en el que el claxon no se pudiese utilizar, la abrió saliendo de ella volando una gallina azul que gritaba “violación, violación” ¡con qué placer la hubiera retorcido el pescuezo! ¡Qué escandalo!, sólo la había dado un golpecito en el culo al sacarla de la bolsa.

Terminada la faena encomendada se tumbó a descansar, no había cogido la postura fetal todavía, cuando unos sonidos le pusieron en alerta, sonidos estridentes como el rechinar de dientes elevado a la milésima potencia, que es —como decir—rompedor.

Miró alrededor, percibía también un aroma penetrante que le estaba dejando sin aliento —no sabía discernir un olor parecido en su longeva vida— ¿De dónde procedían estos sucesos tan misteriosos? Decididamente no era su día, salían del fondo de la cueva y tenía la sensación de ser observado por más de un par de ojos, al menos eran… Muchos y muy grandes, por Ponciópolo “dios de los de su extraña raza”, ¡qué estaba sucediendo ante sus ojos! La visión de Indiógenes.
Estaba emergiendo del fondo… Eran hormigas, ¡unas negras hormigas enormes¡, tenía que dar la alarma, llamar a Indiógenes rápidamente, esto pensaba, ya estaba encima del fuego bailando de nuevo, “pero esta vez era la danza del vientre” la que bailaba, para informarle que su premonición era cierta, que las hormigas mutantes existían.


BODRIO    (7ª entrega)
 VII

Tan concentrado estaba en su baile, que no se percató de la cercanía de estas hasta que los chirridos empezaron a molestarle en los oídos. Paró su danza y con horror vio una cabeza casi pegada a la suya, muy negra con unas fuertes mandíbulas unos ojos grandes y antenas en ángulo con las que intentaba tocarle.

Debido al cansancio acumulado por sus correrías, las danzas que se había marcado y el terror que le recorría el cuerpo, no intentó moverse hasta que los pies empezaron a encenderse con pequeñas llamas, dándose cuenta entonces que seguía de píe en el fuego. El dolor le hizo saltar y ya que se había puesto a hacer un esfuerzo ¿porqué no dos? y echó a correr.

Corría, -más bien volaba-, sus piernas no tocaban el suelo, las movía como remolinos sin notar la tierra bajo sus pies, hasta que notó que es que en realidad no había tierra bajo sus pies, estaba suspendido en el aire apresado entre las mandíbulas del cabezón.

¡Bájame! gritaba agitando las piernas sin parar, pero la hormiga no entendía el idioma humano -era una obrera y no tenía estudios- en esas cuitas estabamos, cuando del interior salieron varias hormigas chirriando y acercándose entablaron una conversación de la cual no pude entender nada.

De nuevo en el suelo, entre las patas traseras del vigilante que se desgañitaba sin dejar que me fuera, Orden, gritó una de ellas callando el resto de inmediato. 

-A ver ¿cómo te llamas? Yo soy de las pocas que se hablar en humano y voy a hacer de interprete
-Hercuménes.
-¿Cuantos humanos sois?
-No se, nunca los he contado.
-¿Que hacéis cuando no os dedicáis a exterminaros?
-Comer y dormir
-¿Que haces por aquí?
- Pues que tenía frio y me he metido aquí a encender una hoguera para entrar en calor? ¿Te puedo preguntar yo a ti? por que contestar siempre es muy aburrido…

-Pregunta, pregunta.
-¿Cómo te llamas?
-ESOJ1951
-¿Cuántas hormigas sois?
- Una colonia de trece, la reina, el rey, la presidenta, mueve guardias y una obrera, que es la que te encontró .
-¿Que hacéis cuando no os dedicáis a trabaja?
-¿Trabajar? solo trabaja la obrera, los demás somos los explotadores.
-¿Por qué sois tan grandes?
-Por que nos hemos comido vuestros desechos nucleares.

Se acabó tu turno de preguntas, voy a comentar con mi colonia nuestra conversación y nos ponemos en marcha hacía la tuya.

Dice que se llama como quiere, que son muchos y fuertes, que cuando no están haciendo la guerra están pensando en ella y que ha venido a saludarnos y a enseñarnos como destruir su bello planeta. Así que ¡en marcha!, como nosotras somos una especie civilizada le llevaremos a caballito para que no se canse, que está ya para un caldo.

Bueno amigo Hercúmenes, es hora de empezar a invadir vuestro planeta y enseñaros como se maneja la fregona hormiguil para dejarlo bien limpio. ¡Adelante!

Tras varias jornadas de camino bien descansado. él  y mas cansadas ellas, las hormigas guardianas que tuvieron que luchar con todo tipo de animales, hombres, leones, jirafas… con casi toda la fauna mundial quedaban pocos kilómetros para llegar al hogar, dulce hogar donde le esperaba su Chamán… ¡El gran Idiógenes!
 
BODRIO     (Entrega 8)
 VIII

-¡Altoooo! ¡Hagamos un descanso! Grito ESOJ1951 después de cinco mil kilómetros, cayendo todas patitas arriba y lanzando por el aire varios metros a Hercúmenes, aterrizando éste de morros contra el suelo y con el culete en pompa.

- ¿Buscan guerra, golosón? Le dijo ESOJ1951 guiñándole un ojo.
- Yo soy muy hombre, ¡todo un macho! replicó Hercúmenes, claramente molesto.
- Y yo soy una hormiga transexual, me estoy hormonando y estoy en trámites de cambiar mi nombre a INNEJ1951 ¿Qué te parece?
- Precioso, dijo Hercúmenes, cada vez más molesto por los derroteros que estaba llevando la conversación.

Reunión clandestina altamente secreta “gritó alguna hormiga desde el fondo” vamos a preparar los planes de invasión.  La reunión tiene lugar mientras están toman el almuerzo, la conversación… “qué hacer con Hercúmenes”  El festín consistía consistía en los desechos radiactivos que habían cargado para el viaje, les había sentado bien hasta el momento y como los efectos eran muy positivos habían crecido desarrollando sus cuerpos como verdaderos colosos.

Hercúmenes las oía chirriar acaloradamente durante el almuerzo, obviamente no entendía nada, intuía el lenguaje corporal, por lo que interpretaba que las cosas pintaban feas. De vez en cuando ESOJ1951 le miraba con ojitos golositos y sonrisa picarona, Hércumenes fruncía el ceño y miraba para otro lado enojado.

Todo quedó tranquilo de nuevo, habían dado por terminado el almuerzo y con él la discusión llegando al siguiente acuerdo:

I. Invasión del mundo, para llevar a cabo la misión decidieron que tenían que dar de comer residuos radiactivos al mayor número posible de hormigas para poder crear un ejército.
II. Y con Hercúmenes, sólo había una posibilidad, la muerte. Sabía dónde estaba la cueva y aunque tenía cara tonto, no le sería difícil atar los cabos de su plan, suponiendo un gran peligro que no se podían permitir. La única que salió en su defensa fue ESOJ1951, que en las votaciones pintó un corazón con su nombre y el del humano en vez de poner muerte como todos. La ejecución del humano tendría lugar al anochecer, montarían una pira funeraria y sería sacrificado “El secreto quedaría de ésta forma a salvo“. Les encantaba currarse las ejecuciones pues su presupuesto de diversiones era más bien escaso”.

ESOJ1951 tenía que hacer algo, estaba locamente enamorado/a (ni él/ella lo tenía claro) y no podía consentir que se cargasen a su amor, prefería morir en la hoguera antes que renunciar a él. Elucubrando la manera de salvarle y pensando que no había comido el pobre desde que salieron de la cueva decidió darle de comer...

 “EUREKA” le daría una ración de “residuos” para que mutase y se volviese como ellos. Furtivamente le llevó un trozo de algo verde gelatinoso invitándole a comer, “pensando en las posibilidades que la mutación traería a su relación” una vez que mutara, con suerte se volvería como ellos y la amenaza de que dijera donde estaba la cueva desaparecería… No habría ya razón para matarle, sería uno de ellos.

Esperando que Hercúmenes comiese sentada frente a él no dejaba de mirarle y de animarle a comer cantándole, -El nene que no come cuando es chiquitín, se queda enano y feo como Don Crispín, y si quiere crecer el nene ha de comer y sin llorar todo le ha de gustar. Un buche por papa, otro por mama, un buche por la nena, otro por el nene, etc. etc. Pero éste se negaba a comer, el aspecto del manjar no le ofrecía mucha confianza;  ESOJ1951 se levantó chirriando de malas pulgas, amenazándole con comérselo ella a él si no comía. Ante esta manera tan sutil de convencer se tragó todo de golpe y sin respirar.

Vamos, vamos, a levantar el campamento tenemos aún algunos kilómetros por delante antes de llegar a la hermosa ciudad, de donde salió éste individuo en son de búsqueda de lo desconocido y tenemos antes que hacer el sacrificio de su enjuto cuerpo, diciendo esto se volvió hacía él que en ese momento estaba dando chirridos como ellas y rascándose las largas antenas que le habían crecido en su cabeza.

-brzjfierpne alir fid fdfofn    “traducción literaria”    (¿Qué ha ocurrido? preguntó la reina a la guardiana )
-peretnrptnenwnwrtt   En un descuido mientras he ido a hacer mis necesidades, ha comido de nuestra comida y ha mutado como nosotras. Ya no es necesario sacrificarle, se ha sacrificado él por mi amor.
-fltrojrnfojmfljom rrptmdprt (Esto no quedará así, amenazó la reina) ¡Andando!

¡Qué ilusión! ya había conseguido novio tendría bodorrio y por su puesto de blanco pues ESOJ1951 se había mantenido virgen hasta que encontrase a alguien especial y ese momento había llegado.

Emprendieron camino a su objetivo. La invasión del mundo, con su descubrimiento serian capaces de hacerse con el control de la tierra, alimentarían a otras hormigas y conseguirían ser las dueñas del mundo…  No contaban que no todo es lo que parece.
Sin contratiempos en los últimos kilómetros hacía la gloria habían logrado llegar a las puertas de la gran chabola…




BODRIO  (IX entrega)

…en donde, gracias a la asombrosa rapidez con que Soloclates hubo cumplimentado su misión al Este y regresado trayendo consigo a Anna Purnakova, todo estaba preparado para recibirlas.
Es verdad que Soloclates tuvo durante todo el tiempo que duró su viaje el viento de cara. Cuando, tras hacer sus abluciones en un regato cercano, su saludo al sol y las señales que con Indiógenes había convenido, pudo observar un numeroso grupo de gente dirigiéndose a él, lo primero que calculó fue si tenía tiempo para añadir a la señal de humo de ‘Todo de puta madre’  la de ‘pero no tanto’. El cálculo dio resultado negativo, de modo que echó a correr hacia La Carroza lo más rápido que pudo. En vano: ya otra multitud rodeaba el Rolls. Echó mano entonces, viéndose perdido y malograda la misión, al paquetito que El Indio le había entregado antes de la partida. Rasgó el envoltorio con uñas y dientes para encontrarse con que contenía una foto en blanco y negro etiquetada como Anna Purnakova, un tosco plano del que pudo colegir que su destino era Moscú (el plano consistía en dos aspas, una a cada lado del mapa, unidas por una línea discontinua; la primera, a la izquierda, marcaba Tomahawk; la segunda, arriba a la derecha, Moscú) y un vale para dos big muacs en el Muac Dolans de la Plaza Roja, canjeable sólo los domingos de crudo invierno. En este punto Soloclates desesperó, e iba a empezar a lamentar en voz alta su estado y a denigrar al Indio y sus visiones cuando notó que había algo antinatural y forzado en la escena a la que estaba asistiendo. Puesto en la tesitura de gritar, Soloclates se percató de pronto del silencio con que se desarrollaba todo. En realidad, concluyó, en nada se parece esto a un ataque, aunque tampoco, estrictamente hablando, a un comité de bienvenida.
En realidad, lo que interesaba a los visitantes no era la persona de Soloclates, sino La Carroza. Según Soloclates apreciaba ahora, la rodeaban en actitud de respeto y veneración, y por ser el él conductor la curiosidad se extendía, secundaria o colateralmente,  hacia sí. Ningún impedimento halló Soloclates en acercarse al corro que estos hombres y mujeres formaban alrededor del Rolls. No parecían tener un portavoz, y sus indumentarias eran casi calcadas las unas de las otras. En esta ocasión, uno de ellos, tras dar varias vueltas alrededor del coche y echar unos cuantos vistazos más que indiscretos a su interior, proclamó:
—¡Si no fue del Rey, mereció serlo!
Y entonces todos, Soloclates inclusive, prorrumpieron en aplausos y vivas al Rey. Soloclates aplaudió de puro contento, y ahora que acababa de salvar, según todos los indicios, la vida, empazaba a calibrar el aprecio que tenía el grupo por el coche, con vistas a hacer algún trato ventajoso y deshacerse, de paso, de la incómoda Carroza. Preguntó Soloclates por el nombre del Rey, recibiendo un unánime y sonoro:
—¡Elvis vive! —por toda respuesta.
Y no hubo manera de cerrar más trato. En un visto y no visto Soloclates era conducido a su asiento y mientras unos empujaban otros iban abriendo paso y los de acullá saludaban el paso de una comitiva que empezaba a cobrar unas dimensiones que preocupaban a Soloclates. Sin embargo, pronto pudo ver que aquellas gentes eran amigables, y que le prestarían el apoyo logístico que necesitase para el buen fin de su misión. Es de ver cómo, ahora que las sectas proliferan y compiten en estupidez, ésta no tenía más mandamiento que ‘Elvis vive’, con lo que no había rivalidades a no ser que uno se empeñara en proclamar y afirmar por encima de cualquier otra cosa que ‘Elvis no vive’ o ‘Elvis muera’, lo cual ya son ganas de llevar la contraria y de tocar los cojones, respectivamente. Por otro lado, y como cualquier secta que se precie, esta herejía estaba muy bien implantada en los Estados Desunidos de Norteamérica del Norte (EDNN), y se extendía rápidamente por Eurasia, hacia Oriente, con esa eficacia y operatividad que había sido marca de fábrica del mormonismo o de los de proyecto hombre. Como habría de ver, Soloclates acababa de encontrar el aliado ideal para su embajada: faltó poco para poder llamarlo un viaje organizado, pero una vez que se hubo hecho comprender, bastó dejarse hacer y aprovechar la maquinaria catecuménica puesta a su servicio para ir a Moscú y para volver a Tomahawk sin que refiramos, de momento, cierto incidente que tuvo lugar a la vuelta, poco después de sobrevolar los Pirineos.
La Carroza quedó en territorio ‘Elvis vive’ marca E, y desde entonces es objeto de devoción y peregrinación de los adeptos a esta creencia. Como agradecimiento, la comunidad dispuso poner al servicio de Soloclates cuantos medios materiales y personales tuviere en cada territorio, empezando por el dirigible que ahora, en invierno, apenas usaban, para difundir su credo por el mundo y más en concreto hacia el Este, y una tripulación formada por piloto y sobrecargo. En invierno existía riesgo de congelación no de los tripulantes, sino del público, que a menudo se extasiaba y desvanecía ante la visión del dirigible a pedales con la leyenda ‘Elvis vive’ en bermellón sobre amarillo plátano en ambos costados del zeppelín.
Rumbo a la Plaza Roja, después de aprovisionarse de lo necesario, se hallaba Soloclates (al cabo de un par de días asilado y reponiéndose en las silenciosas catacumbas de la comunidad religiosa), asistido por la tripulación y con el apoyo terrestre de otros mandos y fieles, y durmió tan bien como un recién nacido.
(Continuará…)






BODRIO   X

Mientras, nuestro pobre Pantógenes desesperaba dentro de la abadía. No tenía vocación religiosa alguna, él solo quería descansar, pero bien claro ponía en la puerta de entrada. Si entras no sales, pero cual sería la imposibilidad no recordaba haber visto nada que le hiciese pensar que la salida estaba vigilada.

Esa tarde en el refectorio estuvo masticando la manera de salir y trazó un plan que sin duda le alejaría de allí. terminada la cena y los rezos cansinos, como cada noche se retiraron a sus celdas a descansar, pero él amparándose en la oscuridad y con sigilo se lanzó en busca de su libertad. Había cogido de la iglesia una vela que le ayudaría a atravesar los oscuros pasadizos, aunque ésta alumbraba lo justo y se daba contra todo lo que había a su paso…

La suerte le acompañó, llegando a la puerta por la que pensaba no tendría grandes problemas para salir. La abrió sin dificultad. ¡Que extraño! se dijo, la llave no estaba echada y parece que el camino está libre. Salió al exterior, algo en ese momento le agarro por el cuello haciéndole parar. Ahogó un grito, al mirar para ver quien le sujetaba comprobó con estupor que era un fantasma…

-¿Donde vas? preguntó este, nadie puede salir de aquí, hay un cartel claro que lo dice, si entras no sales.
-Bueno, ¿y quién eres tú? si se puede saber.
-Soy el fantasma de las bragas rotas, el encargado de custodiar que no salga nadie, pero hay una manera de lograrlo.
-Dime qué manera, que por dura que sea estoy dispuesto a intentarlo.
-Tienes que contestar correctamente tres preguntas, si aciertas te vas. Si fallas me voy yo y tu te quedas de fantasma en mi puesto.
- De acuerdo, acepto el reto. Dijo muy convencido Pantógenes.

El fantasma en plan presentador de Cifras y letras, paseando de un lado al otro de la puerta le espetó.

-Va la primera pregunta, es una adivinanza que no la conoce nadie fuera del mundo. Oro parece plata no es, el que no la adivine bien tonto es.
-¡Mi madre!, pues si que hila fino el tío, si no hay ser humano que la sepa fuera de este planeta ¿cómo voy a saberla yo? sacó de la sotana cuaderno y lápiz haciendo todo tipo de cábalas. A ver “oro parece, plata no es”, ufff mira que es difícil, oro parece, plata no es, esto no hay quién lo aclare, lo escribiré de nuevo a ver si descifro el jeroglífico éste. Oro parece plátano es. Mira que soy torpe, he escrito plátano en vez de plata no… ¡AH!  Lo he descubierto. Es plátano.

-Bueno ésta la has acertado, dijo el fantasma, la siguiente seguro que no la aciertas. ¡Coge onda! Un caracol sale de Manila (Filipinas) a una velocidad de 0,00001 kilómetro por hora y otro sale a la misma hora de Lepe (España) a la misma velocidad. ¿Cuánto tardarán en encontrarse? Anda a ver si eres capaz de acertar esta. 

Ahora si que me ha pillado, encima la calculadora es solar y la luz de la vela no es suficiente para encenderla. Esta pregunta tiene que tener algún fallo, por qué si no, él ya habría salido de aquí. Vamos a ver si el caracol que sale de Manila tiene que encontrarse con el de Lepe tiene que cruzar el mar y el que sale de Lepe tiene que cruzar el Océano. “Porque a ser de Lepe, seguro que lo hace al revés, huyyyyy esto se complica, pero yo no quiero ser fantasma toda la vida, así que a ponerme las pilas ¡a pensar!

Dos horas después, con la bombilla encendida encima de la cabeza, le dice al fantasma.
-Ya he hecho la averiguación, he llegado a una conclusión. Si el de Manila va para el Oeste es decir viene para Lepe y el de Lepe como hace el recorrido al revés en vez de ir para el Este va también para el Oeste, no se pueden encontrar y morirían en el intento persiguiéndose uno al otro. Por otra parte, como los caracoles no saben nadar… los dos se ahogarían al meterse en el mar. Problema resuelto.
-Pero esa no es la solución que yo quería, dice el Fantasma de las Bragas Rotas.
- Ya pero no me has dicho que solución querías, si no que cuando se encontrarían y yo te he demostrado que no se encontraran. Segunda contestación ganada.

Con la cara roja como un tomate, los ojos fuera de las órbitas, las orejas echando humo, le hizo la última pregunta.
 - ¿A que no sabes por qué me llaman el Fantasma de las Bragas Rotas?

Ni qué me importara a mí su nombre, menuda chorrada de pregunta. Esto más que una pregunta es un galimatías. ¡Qué tío más plasta! Si no fuese por que no soporto más el Panyelingua, iba a aguantarlo su padre. Tengo que pensar… ¿Por qué? ¿A ver si es un fantasma para que quiere bragas si no tiene cuerpo?  Y si tiene bragas es porque es mujer y si es el Fantasma de las Bragas Rotas es por… ¡Ya está!

 -¡Eh!, ¡tu!, ¡fantasma!, creo que ya se por qué.  Tú llegaste a ésta abadía agotada y te dieron alojamiento los frailes, pero eras una mujer y claro una mujer entre tanto fraile ¡Ya sabes!  Cada uno tiraba por un lado y ese es el motivo, las bragas se rompieron. Tú, desesperada te arrojaste por la ventana de encima de ésta puerta, quedando atrapada en fantasma impidiendo que éstos puedan salir nunca jamás a la calle, en castigo por su conducta anti- célibe.

 -Ahora señora fantasma, con su permiso me las piro, que he ganado el reto. Y si me hace el favor la dejo yo la sotana y me llevo la sábana que es más fresquita y menos lúgubre.

¡Al fin libre!  Juro que prefiero volver a pasar hambre. Voy a ver la manera de avisar a Indiógenes de mi regreso a casa. Seguro que por el camino encuentro algo para hacer fuego. ahhhh no tengo ni una mala rueda para que me lleve y hacer el camino más corto.
Montones de kilómetros después… sin comer ni beber, su súplica era un continuó llorar. ¡Hay por qué he tenido que abandonar la abadía, me voy a morir de hambre y sed, no encuentro ni un triste riachuelo, ¿O es que se esconden cuando me ven? Es eso, se esconden voy a buscarlo, ¡seguro que encuentro uno!

¿Qué ven mis ojos? Una posada, bueno más bien algo como una posada, en la puerta pone Hotel HILLTITON y siete estrellas alrededor. La suerte está echada, de esta he salido.
Su carrera hacia ella fue tan acelerada que no pudo frenar al llegar a la puerta, estampándose de lleno contra el cristal, quedando sin conocimiento tendido en el suelo.

¿Dónde estoy? ¿Es esto el cielo? ¡Ay, que ángel mas bonito estoy viendo! Pero tiene muy mala leche, menudas bofetadas da la joia.

 -Señor, señor, ¿Se encuentra bien?
- Me encontraba, pero con las hos… que me estás dando, creo que no voy a estar bien mucho tiempo. Ayúdame a levantarme ángel malvado.
¿Dónde me encuentro? ¡Ah ya sé, en la posada… ¡Pero que posada más chula! ¿Y tu quién eres? Hace muchas lunas que no veía yo una cosa igual, pareces una mujer.
 -Venga señor, coma algo para reponerse y mientras hablamos.

Tras degustar un par de pollos, un cochinillo, algunos litros de vino y una sandia de postre y conversar hasta por los codos Edelvira, que así se llamaba la mujer le presento a su hermano y le explicó que estaban de viaje buscando un sitio donde montar un buen negocio. “Un circo sin circo”

Yo voy hacia mi tierra, y allí creo que aún no hay nada parecido, si queréis podéis acompañarme. No hizo falta que se repitiera, los dos se agarraron a él como lapas y salieron del establecimiento a toda leche. “Era un sinpa demasiado caro”

(Continuará)


BODRIO  XI


Pantógenes y la extraña pareja iniciaron así su viaje, no sin dificultades, pues hacía un calor sofocante “Ola de Calor Africano” solían llamarlo, “calor del infierno” le llamaba Pantógenes, y en una de las veces que se sintió acalorado y no puedo aguantarlo más, se quitó la sábana a modo de toga que llevaba desde que intercambió ropas con el fantasma de las bragas rotas, dejando al descubierto su esquelético anciano cuerpo, lleno de arrugas, marcándosele las costillas de lo famélico que estaba, lo peor ¡¡en tanga!!! Con el culito flácido por el efecto de la gravedad y los años. ¡¡puag!! Pensó el Javi “el hermano de Edelmira”

 -¿Pantógenes no te da vergüenza a sus años, ir así por el mundo?, ¡por lo visto no, pues éste ni te molestas en contestar!

Prosiguió andando sin mirarle. Pareció no importarle e incluso gustarle, fue Edelmira que al ver que Pantógenes no contestaba a su hermano, decidió meterse en la conversación para defenderle. Mira Javi, deja en paz a Pantógenes ¡Que lo que se vayan a comer los gusanos lo disfrutasen las cristianas! ¡Ay, Oma que rico! Dijo mirando a Pantógenes haciendo batir sus pestañas.

La miró sorprendido, ¿qué decía Eldevira a su hermano? agradecido la dirigió una sonrisa, que ella le devolvió mirándole con ojitos tiernos. ¡Semejante macho ibérico!  El terror de las nenas, las tenía a todas loquitas por sus huesines (nunca mejor dicho) ya estaba acostumbrado a que las féminas maullasen bajo su ventana.

Hizo lo que hacía siempre ignorarla. Era un experto en el arte de la conquista y de interpretar los deseos femeninos sabía que eso era precisamente que eso es lo que tenía que hacer, además no tenía tiempo para rollos amorosos y lo que ello conllevaba.


Él era más de rollos de una noche y si te he visto no me acuerdo, de hecho solía ser verdad pues tras el resacón no solía recordar ni su nombre y tenía que ir a mirar su documentación para recordarlo. Pero lo dicho, tenía que concentrarse en la misión y en llevarlos sanos y salvos de camino a casa, al hogar asqueroso hogar, echaba de menos el monasterio con todas sus comodidades...

Secándose las lágrimas que inundaban su cara con uno trozo de tela del tanga, que estiro para que llegase no sin dolor, pues estaba estrujando a sus chicos como solía llamarlos, produciéndole más lágrimas y haciendo que se convirtiese en un círculo vicioso del que era muy difícil escapar, pues Pantógenes tenía un lado oscuro, salvaje y masoquista por el que sufrir le producía un inmenso placer y éste placer le estaba llevando casi a la excitación, pero no había tiempo para eso, así que con una enorme fuerza de voluntad dejo de estirar su tanga para concentrase por dónde iban pues con tanta tontería estaban dando vueltas en círculos y ver todo el rato la misma piedra, el mismo árbol y el mismo pájaro le estaba poniendo enfermo.

Atravesaron desiertos, oasis (en los que pararon a bañarse en toples, vamos a teta suelta, que somos tan modernos que todo lo tenemos que traducir al inglés porque según los modernillos suena mejor), montañas, bosques, plantaciones de girasoles “pararon a comer pipas” ríos, charcos (se les habían olvidado las katiuscas o botas de agua y los pobres estuvieron semanas constipados, pegándoselo unos a otros. pero seguían su viaje.


Por fin, llegaron a su destino, ya estaban cerca de la Villa o centro de operaciones donde Indiógenes era el Más de lo Más. ¡El que tenía las premoniciones!

Había que mandarle alguna señal para informarle de su pronta llegada, ¡cómo avisarle! ese era otro problema añadido… esta vida no es vida hay siempre que estar improvisando. A ver Javi, ven un momento que quiero hacer una prueba para mandar un mensaje a mi Chaman.

 -Mírame fijamente a los ojos chaval, no desvíes la mirada que quiero que experimente el mayor de los éxitos, serás record de grito a larga distancia y diciendo esto le propinó una parada en “salva sea la parte” y los gritos llegaron a la mansión sin ninguna interferencia.

Diógenes que estaba concentrado en llamar a su tótem o animal interior, sintió el grito, e inmediatamente codificó el mensaje. -Socorro un loco bajito con más años que Matusalén me ha dejado estéril de por vida, quiere que le diga que su llegada está ya cerca, que está acompañado por dos individuos… uno de ellos yo que grito y mi hermana. AHHHHHHHHHHHHHHHHHHH Posdata no ha encontrado indicios de hormigas mutantes en su viaje.

Terminado de transmitir el recado, Javi se lanzó como un toro sin contención a por el cogote de Pantógenes, siendo esquivado por éste y yendo a caer de bruces contra un poste negro con pelos. ¿Qué es esto? gritó de nuevo hasta que la voz se perdió. Pantógenes se había quedado en plan estatua sin movimiento alguno y Edelvira se desmayó “Para qué estar averiguando que era eso”.

Cuando los dos alucinados amigos pudieron reaccionar ya estaba ante ellos Cerúmenes, que al reconocer a su compañero, se abrazó a él como a un árbol sin darse cuenta que era también una hormiga y estaba acojonando a su amigo que se orinaba sin fin por las patilla abajo.

 -Dkrosdkodnefdm. Decía Hercúmenes, “sin darse cuenta que su amigo no le entendía” y que le miraba cada vez má aterrado.
 - Kiufodnrodneodnap. “Nada, no le entendían nada.
 -¿Qué co.. dices fenómeno atmosférico?  No te entiendo ni papa. ¡Quieres hablar en cristiano! ¿De donde vienes? ¿Quién eres? suéltame que me estas asfixiando. ¿Cuántos siglos hace que no te das una ducha, cerda hormiga?

En ésta conversación estaba con él cuando vio que estaban rodeados. ¡Eran toda una colonia! La premonición de su Gran Chaman. Habría que ponerle en aviso sobre lo que estaba sucediendo a pocos kilómetros de su chabola…

(Continuará)

BODRIO XIII
Soloclates y sus taciturnos acompañantes pasaron, pues, la noche sobrevolando Moscú. Estos, como no se les daba nada de la difícil tarea detectivesca que esperaba a su pasajero en tierra, durmieron como un tronco, dejando el dirigible en piloto automático. Soloclates, en cambio, no pegó ojo. Moscú se veía muy hermoso de noche y desde el cielo, a pesar de los visibles desperfectos, derrumbes y el general estado de abandono en que se encontraba. Soloclates apenas si pudo apreciar actividad humana o de cualquier otra clase en la ciudad, lo cual por otra parte era lógico, pues el termómetro de a bordo indicaba que la temperatura exterior rondaba los 30ºC bajo cero, y habría que ver si no era aún inferior, teniendo en cuenta que el termómetro se había congelado. Estas eran las formidables y nada fáciles circunstancias con que daría comienzo su actividad de búsqueda de Anna Purnakova.
En cuanto comenzó a clarear por el este, Soloclates se apresuró a despertar a la tripulación, por el procedimiento de dar unos monumentales meneos a los montones de mantas con que se habían cubierto la noche anterior, sin dejar ni una uña al aire. Si alguien le hubiera preguntado al respecto, jamás de los jamases habría reconocido que la idea que lo animaba era la de zamparse las hamburguesas calientes de oferta, y luego ya se vería. De modo que, una vez espabilados piloto y sobrecargo, se dirigieron a la Plaza Roja —completamente blanca—, y como no vieron ninguna señal de prohibición, parquímetro o radar, decidieron aterrizar allí mismo, donde tantísimo espacio para maniobrar el dirigible les ahorraría la usualmente penosa tarea de aparcar el voluminoso dirigible.
Fue tocar suelo y saltar Soloclates del aparato a la helada superficie de la plaza, completamente desierta. Unos neones que no pasarían inadvertidos más que para un invidente lucían en el otro extremo. Su encendido y apagado intermitente parecía efecto de algún tiritar eléctrico de frío. Muac Dolans, pudo leer mientras corría hacia el establecimiento. ¡Eureka!, se felicitó. Y aún leyó, cuando estuvo lo suficientemente cerca: ‘Lo quiero’. ¡Vaya si lo quería! ¿Alguien se atrevía a dudarlo? Pero Soloclates no lo había leído aún todo. Llegado que hubo a la puerta del local, un letrero decía: ‘Ofertas, vales, canjes y similares, a partir de las doce’. Miró el reloj: las nueve y media de la mañana. Se atrevió a entrar, para que le fuese aclarado lo que estaba temiendo y, efectivamente, había interpretado bien el cartel. Obtuvo una rotunda negativa a la petición de hacer espera dentro, al calorcito, sin consumir nada, haciendo compañía al personal. Entre una cosa y otra, y hábil conversador como era, consiguió distraer a los empleados cosa de una media hora. ¿Qué hacer, francamente encabronado como estaba, durante las dos horas que faltaban para hacer realidad su sueño? ¡Pues haremos turismo, qué coño!, se dijo.
Salió del Muacs y echó un vistazo a la Plaza. El panorama era desolador, salvo por la nota de color y alegría que daba el zeppelín. Por lo demás, nadie. ¿Nadie? A un centenar de metros, una figura vestida de arriba abajo con ropa térmica de camuflaje, con un cajón de madera entre las manos, buscó un lugar al sol, plantó el cajón en el suelo, lo aseguró, se subió a él y empezó a hablar a la nada, lo bastante fuerte como para que Soloclates apreciara el entusiástico murmullo de su discurso, pero no tanto como para distinguir lo que decía a los cuatro vientos. A falta de nada mejor que hacer, e impelido por esa fuerza poderosa que es la curiosidad, se fue acercando al orador, con cuya voz aguda proclamaba en ese momento:
“Porque no nos engañemos: la lucha de clases continúa, por la naturaleza básicamente dialéctica del devenir histórico. La burguesía fue derrotada, pero ninguna derrota es definitiva, y la burguesía volvió, ha vuelto, bajo otras apariencias, a explotarnos, a cobrarse sus plusvalías atrasadas, a lucrarse indecentemente a costa de nuestro sudor y de nuestro trabajo. Por eso, vosotros, innúmero pueblo ruso, y vosotros, proletarios del mundo entero, ¡uníos!”
—Vd. perdone, ¿se refiere a mí? —interrumpió Solocrates la arenga muy audazmente, pues el aspecto de GEO o SWAT del orador no invitaba precisamente a pedir aclaraciones.
Entonces la figura del cajón se desprendió de los guantes y comenzó a despojarse de la gorra militar y de todos los pasamontañas, orejeras y bragas que llevaba. Soloclates se temió lo peor. Este rambo me va a atizar una de aúpa, a puñetazos, y a cara descubierta, para que no se me olvide en toda la vida, pensó.
—Me refiero a todo el que me escucha, entre ellos Vd., sí, ¿o es que no tiene conciencia de clase? —se encaró el forzudo.
Pero Soloclates ya no escuchaba. En cuanto el monologuista se hubo quitado las capuchas, pudo comprobar que: 1) era una mujer, y 2) era la mismísima Anna Purnakova. Echó la mano al bolsillo de atrás, y sacó la foto con su nombre y el vale del Muacs.
— ¿De dónde ha salido esta foto? ¿Y ese vale? ¿Me invitará Vd. a un big muac? —preguntó de corrido Anna.
— ¿Pero tú no eras comunista marxista-leninista? ¿Comerías en una multinacional? —interrogó sagazmente Soloclates, pensando salvar así las dos hamburguesas para él.
— ¡Ah! ¿Eso? Es una promesa que hice a mi madre, quien fue del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) hasta su muerte. Yo soy más anarco-conspiracionista —aclaró Anna—. ¿Y la foto?
Soloclates la animó a dar un paseo por la Plaza para hacer tiempo, dando ya por perdido un big muac. Le explicó el carácter de su viaje y que su objetivo era llevarla hasta Tomahawk, para lo que contaban con el cómodo dirigible que podía ver aparcado en la Plaza.
—Desde luego, ¡qué horterada! —se le escapó a Anna—. ¿Y por qué habría de creerte y acompañarte?
— ¿El nombre de Indiógenes no te dice nada? —se le ocurrió preguntar a Soloclates, que hasta ese momento se había referido a él como El Indio.
— ¡Joder! ¡Haberlo dicho antes! La segunda promesa que hice a mi madre en su lecho de muerte fue encontrar a Indiógenes o dejar que él me encontrase a mí. No concibo mejor ocasión para cumplirla. ¡Me apunto!
Soloclates y Anna, llegadas las doce, dieron buena cuenta de sus big muacs, y puesto que Anna carecía de domicilio, trabajo y posesiones que no llevara siempre encima, partieron raudos sin necesidad de andar haciendo equipaje.
El viaje de vuelta a Tomahawk fue tranquilo y apacible, salvo por el incidente que luego reseñaremos. Anna encajó a la perfección en el equipo, y además daba pedales que era un gusto verla. Pudieron apreciar que lo que vieran en los Cárpatos no era un fenómeno aislado, y que colonias de hormigas mutantes se repartían aquí y allá, aunque no pudieran afirmar nada sobre sus intenciones, si cabe hablar de intención en las hormigas. Pero las hormigas estaban a ras de suelo, y salvo cuando tocaban tierra en alguna comunidad ‘Elvis vive’ —bien protegidas y mimetizadas—, no era cosa de preocuparse por ellas. El peligro vino del aire: a los dos días de haber entrado en el espacio aéreo ibérico, bandadas de gaviotas azules los atacaron al grito de pepé pepé pepé, y si no llega a ser por el tejido superresistente a los picotazos del dirigible, este se hubiera precipitado a tierra a la de tres, causando la muerte segura de los viajeros. Las gaviotas desistieron de su ataque cuando, además de comprobar la inutilidad de su estrategia, se percataron de que allí no había nada que rascar.
El viaje prosiguió hasta Tomahawk, que según vieron desde el aire tampoco se encontraba a salvo de las hormigas, pues había grupos de estas a pocas jornadas de distancia. Anna fue recibida como una reina. Piloto y sobrecargo fueron homenajeados y despedidos como héroes. Soloclates hubo de conformarse con el placer del deber cumplido, que —consideraba, autocompadeciéndose— es el menos placentero de los así llamados placeres.
(Continuará…)


BODRIO  XIV
 Habíamos dejado a Davicio en manos de la Nevemérita, acojonao… esperando la decisión de estos. ¡Venga monta en la moto!, dijo el macho alfa sin más.  Montó de un salto abrazándose a éste como si fuera el último eslabón de la cadena.

 —Sin mariconadas, ¡le he dicho que sin mariconadas! A ver si mi pareja se pone celoso y nos manda a los dos nadando al otro lado del océano.

Llegaron a Finis Terrae después de diez días y 30 pinchazos por el camino. “Martínez, el otro miembro de la pareja de hecho” iba tirando chinchetas por el camino para que Davicio se separase de vez en cuando, porque si no su amor no llegaría con vida a la meta, le abrazaba tan fuerte, que este llevaba la lengua de atrapamoscas. Dejaron a Davicio en un catamarán, “las galeras ya no existían, sólo había sido una manera de asustarle”.  Una vez instalado en él le dieron cuerda y le empujaron hacia la otra orilla, no sin antes recomendarle que le diese cuerda de vez en cuando.

 El viaje se hizo interminable, el hambre le hacía comerse a los tiburones (eran los únicos que se acercaban, en busca de carne fresca) con cartílagos y aletas sin desperdiciar nada. El agua la filtraba con el porexpán que arrancó de las paredes, “a pesar de los cristalitos era un buen filtro”.

Su llegada al otro extremo de la tierra fue en la noche, la cuerda del catamarán se había acabado y no tenía gana de volver a bajarse a darla. Se dejó arrastrar por las mareas, donaba su cuerpo bien cebado de tiburones, a los tiburones. Tumbado, entregado a su suerte, mirando a la lejanía, para no ver lo que se acercaba por la cercanía marina.

¿Qué veo?, se preguntó. ¿Son luces o es mi imaginación? Con esas preguntas en su boca se quedó dormido, el cansancio hizo lo que tenía que hacer… agotarle.

El calor del sol y los mosquitos, que le estaban achicharrado, fueron los causantes de su despertar, eso y los golpes que una tabla medio desprendida del catamarán le propinaba en la cabeza cada vez que el aire soplaba de ese lado.

Se levantó sin prisa, nada ni nadie le esperaba, era su destino, hacía algo que desconocía y que no sabía por qué le había sido encomendado, recorrería un perímetro de seguridad de cien kilómetros a la redonda y si no encontraba nada volvería a su querida Tomahawk, donde era feliz sin dar palo al agua.

Con toda la tranquilidad que da el no tener nada que hacer Davicio se preparó algo para desayunar: un jabalí bajaba corriendo hacia la playa, y al verlo se desplomó del susto. Sin pensarlo dos veces Davicio sacó de la bolsa los utensilios que le habían sido entregados para dar el aviso de las novedades, unas piedras para encender fuego y un grillo para el sonido. “La bocina se quedó al otro lado del charco.” Procedió a encender el fuego con algunas tablas del catamarán, y a asar al pobre jabalí, mientras este se iba asando se adentró en los manglares soltando al grillo que tan alegre se puso de ver comida que los gritos llegaron a Tomahawk.

Después de bien desayunado, emprendió el viaje tierra adentro para buscar lo imbuscable, hormigas gigantes… ¡Qué locura! pero era lo ordenado y eso intentaría. Tras varias horas de caminata distinguió un poblado. ¡Pero bueno! Era su poblado, el que había dejado mucho antes de nacer. Distinguió los Tipis, los Tantan, las lanzas, todas esas cosas que llevaba en su interior de Cherokee.

Con los grifos de los ojos abiertos y corriendo un manantial por sus mejillas se acercó hasta el poblado con sigilo, por si asustaba a los allí presentes con su llegada. Fue distinguiendo a dos o tres habitantes que bailaban una danza, no precisamente de amigos, sin darse cuenta que tras él iba el resto de la tribu relamiéndose de gusto. Sintió un pinchazo en el costado, y girando noventa grados, quedó de cara a sus comensales.

Su grito fue el grito de la sorpresa… ¡Indiófanes!  Al escuchar su nombre el jefe de la tribu le invitó a sentarse con él para que le explicara de qué le conocía. Davicio le contó su vida allende los mares y que una persona exactamente a él y con parecido nombre era su jefe y chamán, el mismo que le había enviado allí en busca de una visión.

Charlaron durante días, sin parar hasta que las palabras se las llevó el viento y entonces… solo entonces, decidieron que iría con él al otro lado a ver a su hermano, el que un día le vendió a una abuela de la tribu por una jarra de cerveza y salió huyendo.

La gente del poblado arregló el catamarán, le pusieron unos remos además de la cuerda y unas aspas a los lados que lo impulsasen en caso de que el cansancio de los remos se hiciese muy fuerte, y así siguieran avanzando soplando sobre las aspas.

Tres meses, seis días, veinte horas, doce minutos, cinco segundos después llegaron a Finis Terrae. Buscaron por los garitos de mala muerte y los de bandera arco iris a ver si encontraba la pareja que había dejado allí de vacaciones cuando marchó. No había suerte, nadie los recordaba, era natural no tendrían puesto el uniforme característico del cuerpo.

Viendo que el tiempo apremiaba y la pareja no se dejaba ver, alquilaron un motocarro con un carnet falso del Carrefourette y emprendieron el camino hacia el lugar soñado por uno y anhelado por el otro.

Solo un mes después, se encontraron una romería, en la que los cánticos y alabanzas ensalzaban al Gran Chamán Indiógenes, visionario grandilocuente, único del Universo.

(Continuará…)



BODRIO  XV
Pero Indiógenes, que rehuía siempre que podía los actos sociales y estaba en contra del culto a la personalidad, no participaba en esa romería. En aquellos precisos momentos, se hallaba arrebujado en su rincón favorito en compañía de Anna Purnakova, “a la que había dejado acomodarse al refugio, sus rutinas, su funcionamiento y sus habitantes” antes de hacerla llamar para tener con ella unas palabras:
—Anna —comenzó, con voz grave—, tengo algo que confesarte .
—Tú dirás —replicó la antedicha.
—Verás, no estás aquí porque sí.
     ¿No me digas?
—No hace falta que te pongas sarcástica —continuó El Indio—. Si envié a Soloclates a la lejana Rusia con el encargo de conducirte hasta aquí, fue porque tengo una razón poderosa.
—Ya estás desembuchando —envidó la rusa.
—Anna…
— ¿Otra vez? Venga, suéltalo. ¿Para qué me quieres aquí, Indio?
—La cuestión no es para qué te quiero, sino por qué te quiero.
— ¡No me lo puedo creer! —Se escandalizó Anna—. ¿Debo considerar esto una declaración?
—Sí. Y no. Anna, yo soy tu padre; y esto, una declaración de amor paterno.
La mayor de las sorpresas se pintó en el rostro de Anna.
—Pero, ¿cómo es posible? —acertó a formular—. Tú eres un nativo americano, y mi madre no se movió de la Rusia soviética y postsoviética en toda su larga vida.
—Cierto —corroboró El Indio—, fui yo quien viajé a Rusia, después de vender a mi hermano Indiófanes a una abuela por una jarra de cerveza. Necesitaba unos tragos antes de tomar la difícil decisión de dejar el poblado, que en realidad era una reserva… que en realidad era como un jodido zoo. Me asfixiaba, sentía que la vida tenía que ser algo diferente a aquel confinamiento perverso y forzoso. Oí hablar de unas tierras donde se estaba experimentando la puesta en práctica de una doctrina llamada comunismo, que venía a ser el paraíso terrenal. ¡Cuánto me equivoqué! En un par de meses me habían encerrado en un psiquiátrico con la excusa de mis alucinaciones, según constaba en informe oficial. Fue en el frenopático donde conocí a Natasha, tu madre, quien atravesaba una crisis de fe en el socialismo real. Natasha y yo vivimos varios meses de enamoramiento bastante más real que aquel socialismo. De aquel amor surgiste tú, aunque yo, deportado de cualquier manera, no me enteré de la feliz noticia hasta bastante tiempo después, cuando tu madre me la hizo llegar a través de un emisario de confianza, el mismo que años más tarde me entregó la foto con la que Soloclates partió en tu busca. No quería morir sin conocerte, Anna. Y sin ganarte para mi causa, que es la de la Sabiduría y la Libertad.
— ¡Papá! —sollozó Anna abrazándose al Indio.
— ¡Hija! —sollozó El Indio abrazándose a Anna.
Si esta escena fue lacrimógena, no le anduvo a la zaga la del encuentro del Indio con su hermano, Indiófanes. Este supo comprender y perdonar el mezquino episodio de su venta, y la alegría del reencuentro borró cualquier sentimiento de rencor fraterno.
Pero Indiógenes no había reunido a la familia para celebrar una comilona, ni para correrse todos juntos una buena y memorable juerga, ni tampoco para organizar procesiones, romerías u otras muestras de devoción pseudorreligiosa. Había visto que su fin estaba cercano, y deseaba dejar un legado eminentemente práctico, que sirviese de guía a aquellos que quisieran llevar una vida digna de tal nombre en las difíciles circunstancias en las que se encontraba la población del planeta Tierra. De modo que, sin pérdida de tiempo, convocó a Soloclates, Pantógenes y Davicio junto con sus acompañantes —esto es, Anna Purnakova, Edelvira y Javi, e Indiófanes, respectivamente—, para transmitirles en pétit comité sus puntos de vista sobre lo que estaba sucediendo ‘ahí fuera’ (donde está la verdad), y cuál era, a su juicio, la mejor vía de acción. La reunión tuvo lugar en una sala abovedada de ladrillo visto, en torno a una mesa corrida y sin innecesarios protocolos. Indiógenes tomó la palabra:
—Amigos, compañeros, familia: no andaré con rodeos. A riesgo de desengañaros sobre mi persona, debo deciros que soy un simple mortal, como todos vosotros, al que la naturaleza no dotó de un físico portentoso, ni de una mente prodigiosa, ni de un juicio infalible. A cambio, fui agraciado con otra cualidad, que hube de cultivar y desarrollar: soy un chamán, un “curador herido”, alguien que puede sanar a los demás porque previamente se ha sanado a sí mismo, entendiendo la curación en su sentido más amplio. Todo chamán tiene un “animal de fuerza”, en el que se encarna durante sus trances y del que obtiene conocimiento fuera del espacio-tiempo. Mi animal de fuerza es la hormiga…
—Ahhhh —dejaron escapar los oyentes al unísono.
— ¿Cómo creéis que vuestras señales de humo y vuestros bocinazos llegaban hasta mí? De antena a antena, de hormiga a hormiga. Pero si esto os escandaliza, dejadme continuar hasta escandalizaros del todo. Como sabéis, una pequeñísima parte de La Humanidad, supermagnates y supermangantes, para ser breve, está desaparecida, después de acaparar dinero, recursos, energía, armas y poder de la clase que fuere. Dónde se afincó esta minoría es un misterio.
—Yo he oído decir que están en una megaestación espacial, esperando el momento de que los que estamos aquí abajo nos aniquilemos unos a otros para volver a establecerse en tierra —intervino Anna, dando salida a su vena conspiracionista.
—Todos hemos oído muchas teorías, cuando no tonterías, sobre la cuestión, hija —continuó Indiógenes—. En tiempos oscuros florece la oscuridad de pensamiento. Lo cierto es que no sabemos nada, nada —recalcó— al respecto. Y mi postura es que lo mejor es centrarnos en nosotros, que aún podemos llamarnos seres humanos, y olvidar los deseos de venganza contra aquellos hijos de la gran puta que nos han dejado en la estacada. La Humanidad se ha escindido, y no por nuestra culpa. Que ellos vivan como si nosotros no existiéramos; nosotros viviremos como si ellos no existieran.
— ¿Y qué hay de las hormigas? —Quiso saber Davicio—. Les tenemos muy cerca de aquí, ¿cómo las combatiremos?
—Sobre ese tema tengo opinión propia, que en un momento os expongo —aseguró El Indio—. Más peligrosas me parecen las gaviotas azules carroñeras, las que atacan al horrísono grito de pepé pepé pepé.
(Continuará…)

BODRIO  XVI

Mientras tanto, en el campamento de las hormigas, se preparaba un gran bodorrio, el de Hercúmenes e INNEJ1951. Como en toda boda que se preciase en aquellos contornos, primero había que hacer la prueba del algodón al varón de los contrayentes. –El algodón no engaña, y Hercúmenes no pasaba la prueba de la virginidad.

INNEJ1951, argumentó en su defensa, que no era cosa que la preocupara, ella los prefería experimentados y que además entendía que era difícil llegar soltero y entero a los noventa años. Aunque la hubiese gustado ir de estreno, hubiese sido bonito y romántico, que los dos hubiésemos llegado ingenuos al matrimonio.

Se habían organizado los festejos, éstos durarían siete días, o hasta que los más marchosos aguantaran. El desenfreno y la algarabía inundaban el lugar.

El momento más esperado por INNEJ1951, había llegado. Llevaba puesto sobre su negra piel acharolada, una sábana blanca “cogida sin autorización de un tendedero cercano” a modo de vestido de novia. El bordado del embozo sobre el cuello, daba un precioso toque cuello cisne al traje. En sus manos un hermoso ramillete de ortigas, que con la emoción, apretó tan fuerte que se la clavaron como puñales, produciéndola una urticaria de tal magnitud, que los picores la producían un baile que no podía controlar y la servían para rascarse al mismo tiempo sin que la multitud lo notara… Los asistentes al bodorrio pensaban que había empezado el baile nupcial y se unieron al bailando Macarena, ¡aaaaaaaay!

La ceremonia iba a comenzar y el celebrante de la misma tuvo que llamar al público al orden, comenzando la misma…

               —Queridos amigos de los que hoy se desposan.
                 —Un gracioso al fondo: —Amigos de quién si no les conocemos han llegado hace dos meses a nuestras tierra y se han hecho un campamento okupa por la cara.
                 —Señores respeto, que estamos aquí para acompañarlos en su boda y no vamos a joderla.
               —Queridos hermanos.
               —El gracioso de nuevo: —Agárramela con la mano.
— ¡Orden! ¡Orden! o desalojo la campiña y no os ponéis ciegos a comer y beber, que es a lo que habéis venido —gritó el celebrante.
             —Estamos aquí reunidos… etc, etc. Si hay alguien por los alrededores que considere que éste matrimonio no se debe celebrar, que hable ahora o calle como una rata.
—Yo, tengo un motivo, gritó la reina de las hormigas. En mi reino solo yo la reina, puedo yacer con machos, lo que hace que esta boda se ilegal y pido a su señoría o lo que sea usted, que no siga la ceremonia.

Los abucheos, gritos, silbidos, puñetazos e insultos se hicieron inmediatamente con la muchedumbre que acalorada gritaba unas veces: —A por ella oe, a por ella oe, a por ella oe, a por ella oe, oe—. Y otras decían: — ¡Arriba el amor, que triunfe sobre la monarquía!

INNEJ1951 lloraba, como si fueran sus ojos las Cataratas del Niágara inundando el lugar y teniendo que seguir la boda en barca. No entendía cómo la reina estaba haciéndola esa faena, ¿Qué la ha pasado para que me haga esto en plena boda? —salió de sus pensamientos cuando su posible esposo la sacó de dudas.
— ¡Ay ignorante!, yo he sido el único macho que no la ha hecho ojitos y no he caído entre sus patitas, por eso la corroe la envidia.

              —Bueno comentó el celebrante, como soy yo quién tiene que decidir, decido… Que en viendo la maldad y el egoísmo de la reina que teniendo nueve o diez machos solo para ella, ansía el de una pobre obrera, dedicada a mantener su virginidad hasta dar con el atrayente macho que la desposara. Bueno que me pierdo en los laureles… Decido que la reina sea amarrada por su propia escolta a un árbol hasta que nuestro grandioso Indiógenes decida qué hacer con su maldad. ¡Que siga la boda!.

               —Por lo tanto, por el poder del chamán yo os declaro matrimonio mutante. ¡Ya puede la novia besar al novio!

 Al salir por la puerta que no existe en el campo, los invitados les tiraron toneladas de pipas, que unidas a los hectólitros de calimocho barato fue el banquetazo ofrecido por los novios a todo aquel que se quiso unir a la celebración.

Después de horas de intenso ajetreo, la pareja decidió retirarse a inaugurar el tálamo nupcial, siendo gratamente sorprendidos por una música casi celestial que llegaba de lejos.

— ¿Quiénes son esos sin pecado que vienen a festejar nuestra boda? —preguntó Hercúmenes a la concurrencia.
—Son los adoradores de Indiógenes que vienen de romería para celebrar el mayor acontecimiento nunca visto. Al Divino en una sesión de inspiración y revelación ancestral.

Bien que sean bienvenidos, que se unan a la fiesta, nos canten alrededor del hormiguero para hacer más grata nuestra noche… A continuación se retiraron a consumar su nuevo estado, no sin antes haberle hecho ingerir INNEJ1951 a su nuevo marido diez docenas de ostras que había adquirido a buen precio en el mercado negro.

(Continuará…)

4 comentarios:

Dios mío de mi alma dijo...

Esto es un auténtico 'BODRIO', me apunto desde ya a vuestro club de fans.
El sexo explícito, la corrupción política con nombres y apellidos, la ciencia ficción sociológica, una puesta en escena la mar de chapucera y ese lenguaje sucio y deslavazado que tan bien manejan los autores hacen de 'BODRIO' la lectura de verano perfecta.
FELICIDADES!

La Reyna Roja dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
La Reyna Roja dijo...

Gracias amigo Dios mio de mi alma, por apoyar nuestra lokura de verano. Bienvenido a este club sin ánimo de lujo, solo de diversión. Saludos

Dios mío de mi alma dijo...

Sigue rezándome todas las noches antes de dormir, y trátame bien a ese... txisko o como se llame, es un bala perdida y ha renegado de Mí, pero, cago en Mí, tiene cada ocurrencia...
Y tú ya sabes, procura cumplir por lo menos dos o tres de Mis mandamientos,que si no voy a tener que dejarte la religión para septiembre.
Bendiciones.